Después de tanto ajetreo, muchas tardes de gloria, muchas menos de tristeza (si acaso ante el Hércules), calendario estresante, habladurías fuera del campo y mucho mucho fútbol: el Barcelona ya puede entonar el alirón. Un mísero empate ante el Levante bastaba para descorchar el cava y alzar la vigésimo primera Liga. Y el Levante no iba a hacer ascos al plan. Vamos que mientras el resto de equipos están enzarzados en una batalla brutal por encontrar su hueco, estos podían jugar tarareando mientras no les diera por apretar el acelerador. Ninguno lo apretó. Cada uno sabía su hoja de ruta. El Barcelona iba a sobar el balón y el Levante iba a parapetar sin descanso. De esta forma el guión se mantuvo inalterable y el Barcelona volvió a celebrar un título liguero en el Ciudad de Valencia (ya lo hizo en 2005) y el Levante se abrazó con su rival porque el tufillo del descenso se aleja.

El Barcelona ha sido justo vencedor del campeonato. Ya no por su fútbol, incuestionable allá por donde vaya, sino por su voracidad en cada encuentro. Nunca ha dejado hueco a la relajación y prueba de ello es que cada pocos partidos había un récord a tiro que por norma general tumbaba. Hoy era el de las victorias visitantes. Esta vez no se ha colgado la medalla pero de poco importa.

Sin duda Pep Guardiola tiene por lo menos la mitad de culpa. Ha tomado como objetivo prioritario el 'Dream Team' y así ha cautivado al mundo con su juego y ha prolongado la hegemonía a base de títulos. Y es que el de Santpedor ha arramplado con todos los campeonatos nacionales disputados hasta el momento.

La hazaña azulgrana fue bien recibida por parte del Levante que acabó el partido alzando los brazos junto a su rival ya que este empate avista la tierra de la salvación para un equipo cuya navegación está siendo más costosa de lo esperado.