Un imperio en cierta decadencia, Ferrari, no puede contra la modernidad de los coches Mercedes y un piloto superlativo, Hamilton. El inglés ganó en Japón por tercera vez y ya divisa otro título mundial, el cuarto. Podría ser campeón en la próxima cita, Austin, si vence y Vettel acaba sexto o peor clasificado. Fernando Alonso salió último y acabó undécimo. Carlos Sainz, que se despedía de Toro Rosso, se retiró.

Ferrari carece en la pista del aura que propaga su fama como coche de carreras, símbolo de lujo y divisa de Italia. Lleva demasiados años sin ganar un Mundial (desde 2007, en aquella pelea en McLaren de Alonso y Hamilton) y sin dominar la Fórmula 1, que en los últimos tiempos ha pertenecido a Mercedes y Red Bull.

Lo hizo en otra sesión de estrés antes de comenzar la carrera, los mecánicos abalanzados sobre el coche de Vettel para arreglar un problema en el motor. Aquello no funcionó porque el monoplaza del alemán dio muestras de flojera a las pocas vueltas, sobrepasado por unos cuantos coches en teoría inferiores. Vettel se retiró en la vuelta 5. 

Hamilton, el líder, se marchó en busca de otro título y solo se encontró con la dificultad de lidiar con Verstappen, pura ambición juvenil y manos ágiles al volante del Red Bull. Estuvieron ambos separados por dos segundos durante más de 300 kilómetros. Verstappen le apretó en las últimas dos vueltas, pero los doblados (sobre todo Massa) le perjudicaron en su intento.