La corona mundial adornará durante un año la cabeza del Barça, que hizo una excelsa propaganda de su fútbol y de su criadero. Nueve canteranos figuraron en el once que aplastó un Santos sin gracia ni sal, lejanísmo física y tácticamente del fútbol europeo. Fue un trabajo sencillo para el equipo de Guardiola, amo de la pelota y del partido de principio a fin y enganchado a Messi. Y sin pelota, como advirtió Cesc, no hubo Neymar, cuya cresta nunca emergió como amenaza.

El segundo Mundial de Clubes ingresará en las vitrinas del Barça sin asomo de sufrimiento. El equipo azulgrana acaparó el balón de forma abrumadora, lo manejó con extrema precisión y llevó al Santos a un terreno donde no sabe moverse. Le metió en la muleta de su toque y como perseguidor de sombras, el cuadro de Ramalho se sintió aturdido, fuera de ese hábitat creativo construido en torno a Neymar y Ganso. Con una zaga de tres, con Alves y Thiago en los costados, Xavi e Iniesta en los fogones y Cesc y Messi entrando y saliendo en perfecta maniobra de distracción, el Barça cocinó su victoria exprés.



Buscó aquí y allá hasta que se mezclaron su talento y el error ajeno. Xavi controló un balón de tacón y su pase intentó cortarlo, con idéntico gesto y suerte bien diferente, Duval. La pelota acabó en Messi, cuya vaselina no pudo sacar Bruno. Ahí sacó bandera blanca el Santos, un equipo construido para atacar y que se ahorró después el sufrimiento de defender. Iniesta y Xavi completaron después el trabajo, especialmente el segundo, cuya experiencia es un plus gigantesco en partidos así. En su juego combinativo fue columpiándose el Barcelona hasta hacer inabordable su ventaja. También en el asalto permanente por la derecha de Alves.